sábado, 20 de febrero de 2010

El extraño caso del ex presidente. (Lucía Mendez, El Mundo).


El último dedo de Aznar confirma que, efectivamente, le importa todo un bledo, o una higa, expresión que él mismo utilizaba mucho en su juventud biológica. A base de descumplir años, ya va por los trece, que es la edad a la que los niños suelen sacar ese dedo tan expresivo para referirse a compañeros frikis, empollones o profesores. A nada que se descuide vuelve a nacer, como el protagonista de El extraño caso de Benjamin Button.
La vida suele transformar a las personas, pero la metamorfosis de Aznar es extraordinaria. Un dato al respecto. En el año 91, en plena construcción de su liderazgo, el entonces presidente del PP visitó la Universidad Complutense después de haber apoyado a González en su respaldo al primer ataque contra Irak. Le abuchearon, igual que en Oviedo. Pero aguantó el chaparrón y ni se le ocurrió mirarles mal. Su portavoz, Miguel Ángel Rodríguez, cogió del suelo uno de los pasquines que decía: «Aznar, zurraspilla de Bush» y lo colocó en su despacho. Entonces todo parecía gracioso, no como ahora.
Si quitamos el castigo que diariamente inflinge a su cuerpo, el caso de Aznar es envidiable. ¿A quién no le gustaría sacarle el dedo a la cantidad de idiotas que uno se encuentra por ahí? Este hombre no sólo descumple años, sino que ha llegado a ese estadio superior de leyenda urbana o personaje legendario donde no se tiene miedo a nada y no se está condicionado por nada. Hace lo que le da la gana y no sufre remordimientos, sino al contrario. Es más. Tiene una corte de trompeteros que le justifica y le jalea, haga lo que haga. Si algún día decide tunear el Audi blindado y subir por la Castellana a 200 por hora, bakalao a tope y sacando la cabeza por la ventanilla, dirán que la culpa la tienen Zapatero y los que le odian, que «no pueden vivir» sin él.
En realidad, si Aznar sigue tan presente en la vida de España es porque tiene un asuntillo pendiente que también empezó con un dedo. El dedo con el que designó a su sucesor. Ni su cuerpo ni su alma podrán descansar tranquilos hasta el día en el que Rajoy entre en La Moncloa o pida el reingreso en el registro de la propiedad.
«Sólo algunos elegidos, como Isabel Preysler y Aznar, tienen el privilegio de descumplir años»

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